NOVELA

Caminata, caballo, caminata

De Ever Román*

Presentamos un fragmento de Resistencia, novela inédita del narrador paraguayo Ever Román, en la que asistimos a la supervivencia del protagonista luchando contra el hambre y su propia locura en medio de una llanura, como una presencia fantasmal donde el absurdo ocupa su pensamiento y domina todos sus actos.


 

 

1

Camino horas, tal vez siete, ocho, seis, concentrado en la cinta negra del asfalto extendida para siempre sin alterarse por nada del universo. A ambos lados solo pastito y matorral, solo raras veces algún arbolito. No puedo perderme, me repito muchas veces; permanecer y seguir, caminar, adelante, filiforme, rectal. Me duelen los pies y las pantorrillas. Paspado, acalambrado, sediento, voy a recostarme un rato y continuaré cuando oscurezca. Me tiro en la banquina y pasan a mi lado camiones zumbando: cortan el aire unos segundos, produce vacío, y este vacío es llenado inmediatamente por una correntada que me sacude el pelo y debo soplármelo de la cara porque me molesta bastante. Sudo como un caballo. No tenía razón alguna para caminar. ¿Hice quince, veinte kilómetros? Nunca antes había caminado tanto. La tarde se agrisa. Caminar, caminar. Tomo los últimos tragos de la botella de agua mineral que compré del pueblito que vi… ¿hace cuánto tiempo? Salgo de la banquina y me adentro en los matorrales. Hace mucho frío pero yo sigo sudando. Bajo la copa de un algarrobo me tiro a descansar, usando la mochila de almohada. Se tersa la noche. Escucho chirrido de neumáticos, bisbiseo de insectos, el vientito a través de las ramas del algarrobo bajo el cual estoy acostado, escucho mis pensamientos incoherentes. Entre estos sonidos, se abre el silencio cada vez más tangible, omnipresente, fantasmal. Como los tictacs de un reloj, mi corazón late y es lo único vivo del espectáculo nocturno. Sus latidos duelen, en la cabeza y la punta de los dedos. Siento hambre, un hambre terrible. En la mochila encuentro una petaca de vodka envuelta en billetes arrugados y monedas. Acostarse un ratito, me digo, y ya estoy dormido. En mi sueño dibujo un mapa con especificaciones: un punto señala el árbol del sueño, otro la ciudad de W. Despierto y miro la noche monótona y sibilina. Atraviesan la ruta faros a toda velocidad. Miro el reloj: 4,30 AM. Tengo la bragueta mojada pues me hice un poco de pis, no mucho, mi vejiga es prudente, solo desaguó un chorrito para no explotar. Orino largamente contra el tronco del algarrobo y después descargo despacio la petaca de vodka en mi garganta. Con el cigarrillo en la boca vuelvo a emprender viaje, feliz como un enano. Allá lejos, tras la pollera del horizonte, asoman los vellos del sol. Aún tardará bastante en salir, me digo. Después ya no me digo nada. 

 

2

Caminar por esta llanura es como desovillarse. De la misma manera también se desovillan mis tripas. El punto de fuga está anudado al estómago y de allí parten sus variaciones sin rumbo, entreverándose con otros órganos (hígado, riñones, etc.), como un pentagrama que marca el compás de mis pensamientos ensimismados y abocados obsesivamente al discurrir de las corcheas, redondas, blancas, negras, todas semis, todas vaporosas, flotando sin asidero ni dirección, completamente quietas, al ritmo de los rugidos del hambre que me devora. Llegado el mediodía, me siento en una banquina esperando la compasión del mundo. Sopla un viento venido de todas partes que me revuelve el pelo y me llena la cara de polvo. Vuelvo a pararme y sigo caminando. Repito rutinariamente estas pausas recostándome a veces contra troncos de árboles previamente dispuestos por la naturaleza para caminantes como yo. A veces orino contra alguno, pero al atardecer estoy completamente seco. Cada tanto, pasan coches y camiones a 160 km/h. Bajo la copa de un quebracho de hojas amarillas, me dispuse a descansar, o a morir. A descansar, me repetí un par de veces. Dormité y desperté lleno de ánimos de triunfo, o algo por el estilo. El hambre estaba haciendo que mis jugos gástricos me digieran por dentro, pero me dije que soy, a fin de cuentas, un tipo inteligente, así que me dispuse a analizar mis perspectivas: había raíces, típica comida de náufragos y extraviados de la literatura de aventuras; también podía comer insectos, menú de numerosos seres vivos; o culebras, antes de que me piquen o muerdan; probablemente escarbando un poco encontraría ratas y otras alimañas entre los arbustos, pero la sola idea del esfuerzo me estresaba; también puedo buscar nidos de pájaros y comer los huevos, o pichones, o lo que haya adentro. Examiné el quebracho y no me pareció muy alto.  Hablando de extravío, el tiempo verbal se me enredó en este párrafo. En cualquier caso, voy haciendo el tiempo a medida que escribo, verbal y no. Escalo o escalé, da igual, el tronco del quebracho hasta aferrarme a una rama, y trepando con habilidad de chimpancé estoy casi en la cima de la copa. En fin, ni siquiera había hormigas, aunque por cierto que no quiero comer insectos. Escalé más hasta que pude llegar a un sitio desde donde se divisa el paisaje de la región donde me había internado: matorrales y árboles sueltos, algunos bastante grandes, pero por lo general maltrechos y petisos, mal peinados, indecentes. 

 

Pájaros de impreciso tamaño surcaban el cielo sin nubes. La ruta negra se extendía de izquierda a derecha sin comienzo ni fin. Pasa un camión. Luego pasa otro camión. Así hasta el hartazgo. Revolví entre las hojas y encontré un nido, con dos pichones que abrían la boca pidiendo alimento. Alarmado, miré por todas partes, no sea que la madre me arranque los ojos, o lo que sea que hacen los pájaros para proteger a sus crías. Nada. Uno de los pichones abrió la boca e hinchó el cuello, y como no tenía nada más le solté dentro un gargajo. El pichón se deleitó. El otro pichón cerró el pico, quizá desconfiado. Se lo abrí también a este y le solté otro esputo, pero me salió demasiado líquido: el pichón tuvo arcadas y vomitó. Pichón hijo de puta. Le arranqué la cabeza de un mordisco: el pico se me clavó en la encía y el sabor era soso, como comer madera vieja. Mastiqué y tragué. El otro pichón me miraba embobado. Tomé el cuerpo del decapitado y le saqué un ala, que luego introduje en la boca del pichón hambriento. Probablemente no le dio tiempo a tragar la comida, pues cuando devoré al decapitado procedí a masticar también al hambriento. La comida no me satisfizo, era muy pequeña. Removí el nido pero no había más que pastito y ramitas. Escalé hasta la cima de la copa, sin encontrar nada. El suelo se veía a varios metros, temblando como la superficie de un lago. Me siento muy débil. Oscurece. Me parapeto contra unas hojas, pendiente del nido. Rato después, llega la madre con un gusano en la boca. Cuando ve el nido vacío, empieza a aletear, desesperada. Llega otro pajarito, el padre tal vez, y buscan en vano. Cuando me ven, saltan contra mi cara con los picos abiertos. Manoteo un par de veces y atrapo un pajarito. Me lo meto en la boca y las plumas se me pegan a los labios mientras mastico. El otro pajarito huye. Todavía estoy hambriento. El pajarito que huyó vuelve con una compañía de atracadores de su misma especie: todos son de tamaño menudo, me picotean y aletean contra mi cara. Atrapo varios que me voy zampando con delectación. Los sobrevivientes huyen graznando finito. 

 

3

Despierto y aún es de noche; soy mecido por el balanceo de las ramas empujadas por el viento hacia adelante y hacia atrás, hacia arriba y abajo, como si quisiera arrancarlas de cuajo, o en todo caso quisiera mi caída inexorable contra el suelo reseco donde sobresalen algunas raíces del quebracho y matorrales espinosos que giran enrevesados sobre sí mismos. Me abro la bragueta y meo largamente contra las hojas, sin perder la posición horizontal. La rama en que estoy es gruesa como un tronco. Apenas puedo ver entre la espesura el cielo eyaculado de estrellas como un cuadro de Jackson Pollock. La vida imita al arte, como decía Wilde. Pero este cielo no es vida, es más una posibilidad de vida desperdiciada. La naturaleza, lo tenemos sabido, es onanismo. El arte no es para nada tenido en cuenta. El arte es una pérdida de tiempo, me digo, y me tapo con ramas y hojas. Misma pérdida de tiempo los libros, las historias, la cultura general. Estamos demás en este mundo y no hemos hecho nada para sugerirnos pertenencia o algo por el estilo. Me siento optimista e intrascendente mirando este cielo lácteo, a través del ramaje y el hojaldre. Me gusta sentirme así. Encima no tengo hambre. Encima de un árbol de quebracho de hojas amarillas. El árbol vecino es un chañar desmelenado y polvoriento. Pueblan su copa múltiples ojillos parpadeantes. Deben ser ojos de esos pajaritos negros llamados anós. Reflejan la luz de la luna que debe andar en alguna parte. Quizá influido por el nombre de esa avecilla, me entran ganas de cagar. Subo un poco más y me acuclillo, pero pierdo el equilibrio a cada rato. Desciendo del quebracho, camino pocos metros hasta el árbol vecino y me acomodo contra el tronco bajándome los pantalones. Miro hacia arriba, hacia ese pueblito de anos volantes, buscando inspiración. No hay caso. Atascamiento, constricción, obturación. Pujo inútilmente. Las avecillas aletean, como si estuvieran aplaudiendo. Pajarillos de mierda. Aprieto cada cachete con una mano para darle mayor apertura a mi ano, pero no hay caso: sopla un viento helado que me contrae el esfínter. El chañar no tiene la copa prolífica, así que entreveo el cielo cada vez más espeso. Sin embargo, nada allí encuentro que me relaje el culo. Decido volver al quebracho para dormir, pero los retortijones me duelen: un bólido con el dispositivo de dirección extraviado causa estragos en mis intestinos. Eructo. Tengo tremendas ganas de tirar pedos pero la obstrucción es total. Con los pantalones en las rodillas, hago contorsiones inútiles: nada me dilata. Meto un dedo y toco la masa dura, como pastosa, atragantada en mi colon. Debe haber un barco allí, un Cristóbal esperando su Guanahani. ¡Que alguien de la carabela grite tierra! Busco trozos de madera, piedras, cualquier cosa que pueda hacer de fórceps, pero solo hay pastito y polvo. ¡Vegetación de porquería! Revuelvo la mochila: la cámara es muy grande, pero me agencio de la petaca de vodka. Nuevamente acuclillado, la introduzco en la cloaca. Toca algo que resquebraja: sale un pedito. Revoleo la petaca como escarbando y de pronto, ¡hala! Catarata. Aluvión. 

 

4

Desperté al alba, como suele decirse. El viento sacudía las hojas y ramas del quebracho, hamacándome a la vez. Giré sobre mi eje y vi el sorete al pie del árbol vecino, tapado con un manto de pastitos, flores y plumas de anó. Ágil como una gacela, o como un mandril, descendí del quebracho. Con la mochila al hombro, marqué mi árbol con una larga meada y partí a los caminos, que en este caso eran uno solo: asfalto estropeado por camiones, pero camino al fin. Los primeros pensamientos vinieron cuando ya el sol estaba alto, mirando estrábico el paisaje de mal gusto. Lo primero que pensé fue que quizá estuviera volviendo, en vez de ir, pues no tenía mapa o brújula para guiarme. También pensé que ya no podía seguir caminando y me aposté en la banquina para hacer autoestop. Los camiones pasaban sin prestarme atención. Entonces tuve ganas de ver una vaca y caí en la cuenta de que no había visto ninguna, cosa rarísima en esta zona de pastoreo y cría de vacunos. A 200 metros de la ruta se alzaba una alambrada sin portón a la vista. Al otro lado habrá vacas, me dije, es cuestión de esperar. De todas maneras, era muy temprano para hacer campamento, así que me arrimé al alambrado y sopesé las probabilidades de encontrar una vaca. Si me adentraba en esas tierras ajenas, me dije, el riesgo era recibir una bala, o en su defecto ser perseguido por un peón con machete, o un toro enojado, o perros. También podía no haber nada, que el alambrado haya sido puesto por un proyecto nunca concretado. Volví a la banquina esperando un aventón. Ni un solo coche en horas. El viento helado me cuarteaba la cara. Al atardecer, enviada por no sé qué divinidad, paró una camioneta y subí a la carrocería. No vi al conductor y en el apuro tampoco le pregunté dónde iba, ni le dije dónde iba yo, ni lo saludé siquiera. Es lo normal saltar inmediatamente a la cabina, sin cuestionar el favor divino, como en las películas, pensé. Pero quería saber quién conducía la camioneta así que miré por la ventanilla y el rostro que vi me espantó: ¡el conductor era nada menos que un caballo! Qué zona rara, qué de porquerías que uno encuentra por aquí, me dije. Di un par de golpecitos contra el capó y el caballo apretó el acelerador. Nos adentramos a toda velocidad en la ruta asfaltada, quién sabe hacia dónde.

 

5

El caballo maneja como desquiciado. Cada tanto se sale de la ruta y arremete contra los pajonales a toda velocidad, en zigzag, y remonta nuevamente el asfalto conmigo sosteniéndome apenas de la compuerta de la carrocería. Le grito que pare, pero no puede escucharme, además no sé qué idioma habla. En cualquier caso, escucho sus relinchos acalorados cada vez que se sale de la ruta. Miro a través de la ventana y lo veo cocear y dar soplidos con labios temblorosos. Golpeo el capó con todas mis fuerzas y rápido tengo que sostenerme de algo para no caer. Adelantamos camiones como si fueran postes, pájaros e insectos se despedazan contra el parabrisas, mis cabellos alborotados amenazan con desprenderse de mi cabeza y estoy aterrado.

 

6

De repente, la camioneta aminora bruscamente la velocidad. Escalo el techo de la cabina y le grito al caballo que pare. Pateo los vidrios del parabrisas, abollo el techo con los puños, salto sobre él, hasta que me doy cuenta de que hemos frenado. Tembloroso de rabia, me cuelgo la mochila al hombro y frente a la puerta del conductor, me pongo en guardia: con un dedo desafío al caballo para que baje a pelear. El caballo sigue mirando la ruta, indiferente. Le doy golpecitos al vidrio, pero nada. Entonces le pateo la puerta con todas mis fuerzas. El caballo gira la cabezota hacia mí: me mira, luego mira la traba de la puerta, finalmente se mira los cascos sobre el volante. Como diciéndome: ¿cómo carajos querés que abra la puerta? Noto que su cuello está hinchando y que suda copiosamente. Sus crines erizadas lanzan chispas. Entonces relincha lleno de rabia y me muestra su temible dentadura. Esto me calma instantáneamente. Le enseño el pulgar y le pido que se vaya. El caballo aprieta el acelerador y la camioneta sale pitando por la ruta negra. En segundos, luego de volverse un poco brumosa, desaparece en la lejanía. Atardece. El paisaje sigue más o menos igual. En vez de hacer dedo, por las dudas, me pongo nuevamente a caminar. 

 


 *El autor nació en Paraguay (1981). Publicó "Falsete" (Asunción, 2016) y “Osobuco” (Buenos Aires, 2011), además de cuentos en antologías de Argentina, Paraguay, Alemania y España. Fue traducido al alemán para "Neues vom Fluss: Junge Literatur aus Argentinien, Uruguay und Paraguay", Ed. Lettrétage (Berlin, 2010). En cine dirigió los cortometrajes El pedido (2013) y Día libre (2016). Dicta talleres literarios en instituciones psiquiátricas. Estudió Periodismo en Paraguay y Cine en Argentina. Dirige el ciclo de lectura "Literapunk" en Buenos Aires. "